Destello de Susana Brignoni

Notas sobre el diagnóstico en salud mental

1) 

En la actualidad cada niño que atendemos en los dispositivos públicos de Salud Mental viene con un diagnóstico bajo el brazo. Pero no se trata de cualquier diagnóstico. Se trata del diagnóstico entendido como una nomenclatura. “Nomenclaturas” muchas de ellas relacionadas con el carácter neuroquímico de la afección supuesta. Hay un uso y hay un abuso del diagnóstico. Abusar es hacer un mal uso de él: es el uso marcado por el exceso y el intento de clasificar como desviadas de las normas las conductas “inesperadas”. Es la vía estigmatizante del diagnóstico. Es una vía de simplificación de aquello que es verdaderamente complejo. Se trata de la condición humana. Los niños y adolescentes se incluyen en ella: tienen sentimientos, sienten placer, también odian, tienen sexualidad, dudas, curiosidad, síntomas, se relacionan bien y mal con los demás, tienen deseos y dificultad para sostenerlos, expectativas e incluso anhelos de muerte. La infancia está en riesgo si ante la complejidad de su existencia respondemos bajo formas simplificadas que estigmatizan sus comportamientos.

2)

Diagnosticar es un arte que supone una temporalidad compleja y que no consiste, solo, en poner un nombre. Diagnosticar supone la apertura de un proceso. Para seguir este proceso es necesario poner la urgencia a distancia para poder soportar que no haya una conclusión inmediata. ¿Por qué es un proceso? Porque cuando trabajamos con personas hay una tensión que es estructural. Entre taxonomía diagnóstica y realidad clínica hay una hiancia, hay algo que no encaja perfectamente. Rotular, en cambio, implica fijar algo de manera estática, es un riesgo que corremos en todo proceso diagnóstico, pero del que deberíamos estar advertidos para alejarnos de él.

Hacer un diagnóstico en la infancia implica tener en cuenta un sinnúmero de relaciones: la relación del niño con su familia, la relación del niño con sus tutores, la relación del niño con su psicoanalista, con el discurso que lo rodea, la relación del psicoanalista con su época, con el contexto social en el que están todos inmersos, la relación con el saber, y principalmente implica tener en cuenta la relación que tienen con su sufrimiento. Es por eso que el diagnóstico en la infancia se hace hablando y escuchando al niño, pero no solo de este modo. Hay que escuchar los múltiples discursos que hablan de él teniendo en cuenta que siempre puede haber puntos ciegos en el discurso clínico, que pueden ser tratados en la articulación con los demás. 

También hay que preguntarse si dejamos hablar a sus historias, si abrimos un hueco a sus narraciones, si tenemos en cuenta que la historia vivida es en realidad, siempre, la historia narrada y que eso tiene que volvernos prudentes respecto a los nombres que damos.

Diagnosticar no es rotular, aunque en algún momento sea necesario poner un nombre. Pero ese nombre tiene que surgir de un proceso en el que el medio es la transferencia.

3)

Miller en “Hacia Pipol 4” plantea una cuestión provocativa. Lo cito: “La exigencia de los poderes públicos debe ser nuestra ocasión de formalizar nuestra clínica, y por qué no, de rivalizar con el DSM. ¿Por qué no crear la BPS? ¿Quién puede dudar de que la constitución de una “Base Psicoanalítica del Síntoma” susceptible de cuantificación tendría los más felices efectos sobre la cualidad de la transmisión clínica, incluso sobre la más matizada? ¿Soy el único que desea un armazón matemático más consistente que aquél del que disponemos? No lo creo.”

Quedó ahí, creo… Nosotros también diagnosticamos; a veces, incluso, en las reuniones de equipo podemos decir “es un psicótico” casi como si fuera un rótulo. ¿De qué manera nos separamos de ello e incluso podemos apuntar al desafío planteado por Miller? Creo que esa separación se produce cuando podemos hablar de los modos de funcionamiento del sujeto al que atendemos, es decir, las maneras en las que responde al otro o al Otro al que se dirige. Es por eso que no es lo mismo el rótulo de TDAH que preguntarse y preguntarle por aquello que lo inquieta: podríamos pensar que es alguien que sufre por lo inquietante o que se inquieta por lo que sufre. Tampoco es lo mismo el rótulo de Trastorno oposicionista desafiante que poder observar en la relación transferencial a qué se opone el sujeto y qué cuestiones desafía. O no es lo mismo plantear que hay un descontrol de impulsos que tratar niños con “dificultades en el lazo”. Tal vez la BPS podría ser una forma productiva de inclusión del psicoanálisis en la Salud Mental, en tanto “saber hacer” con aquello que nos encontramos. 

Susana Brignoni. Psicoanalista en Barcelona. Miembro de la ELP  y de  la AMP. Directora de la F9B (Centro de Salud Mental Infanto Juvenil en Barcelona).

Bibliografía:

Miller, Jacques-Alain. El ruiseñor de Lacan. Del Edipo a la sexuación. Paidós, Buenos Aires, 2001.

Miller, Jacques-Alain. “Hacia Pipol 4”. Freudiana, Nº 52, Barcelona, 2008

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