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Reseña V

LOS INCLASIFICABLES DE LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA (Jacques Alain Miller y otros)

Bárbara Gallastegui, Iñigo Martinez

            El libro Los inclasificables de la clínica psicoanalítica recoge El Conciliábulo celebrado en Angers (1996) y La Conversación de Arcachon (1997), deslizándose de la sorpresa a la rareza.

El Conciliábulo lleva por título “Efectos de sorpresa en las psicosis” y la mayoría de los casos presentados plantean la duda diagnóstica, algo que hace que los clínicos sean sorprendidos y que les hace cuestionar su propia construcción del caso. Pero, si en lugar de la sorpresa del clínico hablamos de la sorpresa del paciente… ¿se puede hablar de sorpresa en las psicosis?, ¿no se necesita de la represión para que haya sorpresa? J-A Miller plantea una primera bipartición según la cual el polo neurótico estaría en relación a la sorpresa y el psicótico al enigma. Sin embargo, esta aparente oposición se va hilando de tal modo que el enigma va a aparecer como la clave para conceptualizar la forclusión generalizada. En definitiva, ¿qué es el enigma? Algo reconocido como un significante pero que no sabemos qué quiere decir. El enigma cuestiona por lo tanto la relación entre significante y significado. Y el efecto de certeza que puede producir -tanto más quiere decir cuando no sabemos qué- es homólogo a la angustia que surge ante el deseo del Otro. De esta afinidad entre angustia y certeza desprende Miller que la angustia es la certeza. Lo que engaña, pues, no es la angustia sino la relación entre el significante y el significado. Desde esta perspectiva lo normal no es la articulación entre el significante y el significado: la norma es el enigma. Ese es el punto de partida de cualquier ser hablante. Bajo la forma de la sorpresa, el neurótico recoge algo del enigma, no dejándose apasionar o adormecer por la significación desplegada. De este modo, J-A Miller va elaborando -en sus excelentes apertura y cierre a El Conciliábulo– los modos de ir dejando de pensar las psicosis desde el modelo de las neurosis. Más bien resultaría a la inversa.

Iñigo Martinez

 

            Con la perspectiva de una línea de investigación ya abierta con El Conciliábulo, Arcachon es el marco elegido en 1997 para la puesta en marcha de un nuevo formato, el de La Conversación, que permite continuar ahondando sobre el estudio de los llamados inclasificables de la clínica, esos casos raros que se resisten a encajar con comodidad en los diagnósticos psicoanalíticos clásicos.

La apertura a cargo de Jacques Alain Miller pone sobre la mesa el problema que les reúne, que no es otra que la cuestión de las clasificaciones, reducida hasta la fecha a la tripartición clásica neurosis-psicosis-perversión, abreviada en la práctica común al binario neurosis-psicosis.

En la epistemología de la clasificación se observa que cuando se hace una bipartición siempre se tiene una acumulación de casos alrededor de la división, que no son inclasificables, sino indiscernibles, es decir, que no se sabe de qué lado ponerlos. Cuando esta zona crece demasiado, cuestiona el corte mismo y si estalla, se restablece la continuidad.

Los trabajos presentados dan cuenta de un llamamiento a otra clasificación, lo que le permite a Miller destacar, en palabras de Marie-Hélène Brousse, dos formalizaciones posibles de la clínica en la enseñanza de Lacan: una estructuralista, discontinuista y conceptual, con la presencia o ausencia del Nombre del Padre como elemento diferencial distintivo entre neurosis y psicosis respectivamente y, otra, borromea, elástica y fundada en una generalización de la forclusión. En esta segunda formalización resulta problemático encontrar el elemento diferencial, de forma que nos topamos más bien con una gradación que con una oposición tajante. No obstante, Miller, propone como elemento diferencial de la formalización borromea la posibilidad de aislar lo que denomina, punto de basta [point de capiton], una suerte de anudamiento que generaliza El Nombre del Padre, tal como se generaliza la forclusión. Entre el punto de basta y su eventual opuesto, la nebulosa, existe, pues, toda una gradación que debe ser estudiada.

Miller es tajante al decir que esta clínica no implica una gradación entre neurosis y psicosis, sino que en ambas hay un punto de basta: en un caso el punto de basta es el Nombre del Padre; en el otro, es otra cosa que el Nombre del Padre, si bien, se percibe que la estructura de abrochamiento no-NP es más compleja que la primera, lo que Lacan intentaba representar con el nudo.

El trabajo sobre los casos permite verificar la compatibilidad de ambas formalizaciones, al mismo tiempo que se van aislando precisiones clínicas. La equivalencia entre síntoma y Nombre del Padre (este último no sería más que un caso distinguido de síntoma) aparece como punto cardinal de la clínica borromea, esto es, un síntoma puede funcionar como Nombre del Padre, sostén de un anudamiento sistemático.

Los casos permiten interrogar la estructura como tal, distinguiendo un Lacan 1 de un Lacan 2 que no se contradicen. Son los signos ínfimos pescados en el detalle de la entrevista los que hacen dudar al clínico atento: algo que cojea en el nivel de los tres redondeles, RSI (un anclaje simbólico leve con imposición de lo imaginario; una relación de extrañamiento entre el yo y el cuerpo; una desconexión de la pulsión y de la captura del inconsciente); un lazo social mínimo, la ausencia de desencadenamiento propiamente dicho, el aislamiento de una metáfora delirante, un desorden en el nivel de la juntura más íntima del sentimiento de la vida, las declinaciones de las suplencias particulares de cada sujeto…

La elucubración teórica que bascula entre lo continuo y lo discontinuo permite a Miller señalar que la cuestión crucial es la práctica, esto es, cómo hacer para que la evolución de un sujeto sea más continua que discontinua, es decir, cómo evitarle las crisis, los llamados neodesencadenamientos, los desenganches sucesivos, que pueden llegar hasta la errancia.

El lugar del analista y la conducción de la cura son abordados señalando que a la posición del secretario del alienado ha de sumársele el trabajo como compañero de construcción de un punto de basta, siendo la voluntad del analista la de hacerse destinatario de los signos ínfimos, no mirar para otro lado, no abandonar hasta que el sujeto escupa el pedazo, entrando en la matriz del discurso por el signo y no por el sentido.

La Conversación de Arcachon es un escenario donde se invita a los analistas a que se le retuerza el pescuezo a la clínica, en la que se van arrastrando términos como as if, personalidad como si, caso límite, perturbación del curso del pensamiento, rareza, emancipación de pensamientos abstractos e inhibición… y se apela a avanzar con nuestra clínica analítica mucho más precisa y desarrollada.

Miller afirma que toda clasificación bien hecha debe incluir la bolsa de los inclasificables, insistiendo en ello: no debe olvidarse en ninguna clasificación la bolsa de los inclasificables, con la paradoja que esto puede implicar.

El amor de transferencia permite extraer un saber más allá de las clasificaciones. En cada uno de los casos de La Conversación, se ve cómo a su manera el practicante pudo amar un tipo de saber presente en los diferentes sujetos, con todas sus rarezas, su carácter insoportable y hacerse el destinatario. La transferencia es, pues, un instrumento epistemológico. ¿Cuál es el verdadero inclasificable? <<Todos estamos chapuceados>>, he aquí la verdadera conclusión que se desprende de La Conversación.

Bárbara Gallastegui Amores